Heidi y el abandono en Dios (II)

Alpes 01 02

El doctor continuó un buen rato mirando en silencio las poderosas montañas y el soleado y verde valle, y luego volvió a decir: -¿Sabes, Heidi? Aquí podría venir a sentarse alguien que tuviera una gran sombra en los ojos y no pudiera percibir la belleza que lo rodea. Entonces el corazón también estaría triste, el doble de triste, cuando todo podría ser tan bonito. ¿Lo comprendes?

En ese momento Heidi sintió un dolor en su alegre corazón. La gran sombra en los ojos le recordó a la abuela que no podía ver ya la luz del sol ni todas las maravillas que había allí arriba. Aquello era una pena que Heidi llevaba consigo y que despertaba cada vez que se le venía a la cabeza. Guardó silencio durante un rato, porque el dolor la había sorprendido en medio de la alegría. Luego dijo muy seria:
-Sí, eso puedo comprenderlo. Pero sé una cosa: cuando eso pasa hay que recitar los cánticos de la abuela, le iluminan a uno un poco y a veces incluso tanto que se siente muy feliz. Me lo ha dicho la abuela.
-¿Qué cánticos, Heidi? -preguntó el doctor.
-Sólo me sé el del sol y el hermoso jardín, de los otros más largos también los versos que le gustan a la abuela, porque tengo que leérselos siempre tres veces -respondió Heidi.
-Pues recítame los versos, a mí también me gustaría oírlos -y el doctor se incorporó para escuchar con más atención.
Heidi cruzó las manos y pensó un poquito:
-¿Empiezo allí donde dice la abuela, cuando uno vuelve a tener confianza en el corazón?
El doctor asintió con la cabeza.
Entonces Heidi empezó a recitar:

Deja, deja que haga y gobierne,
Él es un sabio regente,
y las cosas hará de tal modo
que no saldrás de tu asombro;
porque él, como sabe hacerlo,
con sus sabios y buenos consejos
todo aquello se lleva
que a ti te causa gran pena.

Es posible que un poco tarde
en venir a consolarte,
y seguirá trabajando
como si estuviera pensando
en que no podría ir a verte,
como si tuvieras siempre
que vivir entre mil penas,
como si de ti no saber quisiera.

Pero si luego acontece
que tú fiel a Él permaneces,
Él te librará de esa carga
cuando tú no lo esperabas,
tu corazón ya no se verá preso
de ese terrible peso
que, por nada malo,
hasta ahora has llevado.

Heidi se detuvo de repente; no estaba segura de que el doctor siguiera escuchándola. Se había puesto las manos delante de los ojos y no se movía lo más mínimo. Pensó que a lo mejor se había adormilado; cuando despertase, y si quería oír más versos, entonces se los recitaría. Ahora todo estaba tranquilo.
El doctor no decía nada, pero no estaba durmiendo. Había regresado a un tiempo muy lejano. Allí estaba él de joven, al lado de su adorada madre, que rodeaba su cuello con el brazo y le recitaba el cántico que acababa de escuchar a Heidi y que llevaba tanto tiempo sin oír. Entonces escuchó de nuevo la voz de su madre y vio sus bondadosos ojos posándose sobre él llenos de ternura y, cuando se acallaron las palabras del canto, escuchó aquella amable voz que le decía otras palabras; debía agradarle escucharlas y recordarlas en su memoria, porque siguió así un buen rato, con las manos sobre el rostro, sin decir palabra y sin moverse. Cuando finalmente se incorporó, vio que Heidi lo miraba asombrada. Cogió la mano de la niña:
-Heidi, el cántico ha sido muy hermoso -dijo, y su voz sonó más alegre de lo que había sonado hasta ese momento-. Volveremos aquí y me lo volverás a recitar.

Fuente: Johanna Spyri, Heidi, ed. Nórdica

Heidi y el abandono en Dios (I)

Heidi 01 01

Heidi miraba a un lado y a otro. Las flores que se agachaban divertidas, el cielo azul, los alegres rayos del sol, el complacido pájaro en el aire, ¡todo era tan bonito...! ¡Tan bonito...! Los ojos de Heidi echaban chispas de tanta dicha. Entonces miró a su amigo, para ver si él lo veía todo igual de bonito. Hasta entonces el doctor había estado mirando a su alrededor callado y pensativo. Al encontrarse ahora con la mirada radiante de dicha de la niña, dijo:

-Sí, Heidi, todo podría ser hermoso aquí arriba, pero ¿tú qué crees? Si alguien viniera aquí con el corazón triste, ¿qué es lo que tendría que hacer para poder alegrarse con estas cosas tan hermosas?
-¡Oh! ¡Oh! -exclamó Heidi muy contenta-. Aquí nadie tiene nunca el corazón triste, sólo en Frankfurt.
El doctor sonrió un poco, pero la sonrisa fue muy fugaz.

Luego volvió a preguntar:
-Y si viniera alguien y trajera consigo toda la tristeza de Frankfurt, Heidi, ¿sabes de algo que lo pudiera ayudar?
-Sólo hay que contárselo al buen Dios cuando uno ya no sabe qué hacer -dijo Heidi con mucha confianza.
-Sí, ésa es una buena idea, niña -apuntó el doctor-. Pero, y si lo que a uno le hace tan triste e infeliz viene de Él, ¿qué se le puede decir entonces al buen Dios?
Heidi tuvo que pensar qué había que hacer entonces; pero ella tenía absoluta confianza en que el buen Dios ayudaba siempre en todas las tristezas. Buscó su respuesta en sus propias vivencias:
-Entonces hay que esperar -dijo con mucha seguridad al cabo de un rato- y pensar únicamente: «El buen Dios ya sabe qué alegría me va a enviar después de esto y de lo otro, sólo hay que esperar un poco tranquilos y no abandonarlo». Luego todo sucede de repente, de manera tal que uno puede ver perfectamente cómo el buen Dios había tenido todo el tiempo en mente algo bueno, pero como eso no puede verse de antemano, sino que lo único que se ve es lo triste y lo terrible, entonces uno piensa que las cosas van a ser siempre así.

Fuente: Johanna Spyri, Heidi, ed. Nórdica

San Ignacio y el discernimiento de los espíritus

San Ignacio de Loyola 02 04

Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna.
Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.

Pero entretanto iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo: «¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?» Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.

Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre.
Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.

Fuente: De los hechos de san Ignacio recibidos por Luis Gonçalves de labios del mismo santo, Liturgia de las Horas, Oficio de lectura del día

Mostrar más artículos...

Suscríbase al Blog de ARCADEI