«¡Gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible!»

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Foto: Santa Gianna y las Siervas de Dios Cecilia Perrín, María Cristina Mocellin y Chiara Corbella que dieron la vida por su hijo. Haga clic en el siguiente enlace para ver un videoque reseña brevemente sus heroicas vidas: Madres heroicas

El domingo 24 de abril de 1994 en el Año de la Familia, S.S. Juan Pablo II beatificó a Gianna Beretta Molla, hoy Santa.
En la Homilía el Pontífice rindió homenaje a todas las madres valerosas, “que se dedican sin reservas a sus familias, que sufren al dar a luz a los hijos, y que después están dispuestas a afrontar cualquier sacrificio para transmitirles lo mejor que tienen”.

Juan Pablo II señaló que hoy el ambiente es hostil a la maternidad: “los modelos de civilización, promovidos por los medios de comunicación, no favorecen la maternidad, en nombre del progreso y de la modernidad se presentan como superados los valores de la fidelidad, la castidad y el sacrificio, en los que se distinguen gran número de esposas y madres cristianas. A menudo, una mujer decidida a ser coherente con sus principios se siente profundamente sola, sola con su amor, que no puede traicionar y al que debe permanecer fiel. Su principio guía es Cristo. Una mujer que cree en Cristo encuentra un poderoso apoyo precisamente en este amor que soporta todo. Es un amor que le permite pensar que todo lo que hace por un hijo concebido, nacido, adolescente o adulto, lo hace al mismo tiempo por un hijo de Dios ¡Gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible!”.

Luego del rezo del Regina Caeli, en la Plaza de San Pero, el Santo Padre volvió a hablar de la defensa de la vida no nacida, que encomendó a la Virgen, “para que rodee con su cuidado maternal a todo ser humano amenazado en el seno materno. Es especialmente importante en estos tiempos, cuando ante la mujer se acumulan todas las amenazas contra la vida que ella está para traer al mundo”.

Los dos fines naturales del matrimonio

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Santo Tomás expone en la Suma Teológica los dos fines naturales del matrimonio. El primero, la generación y educación de los hijos hasta la edad adulta, con la adquisición de las virtudes. El segundo será la mutua ayuda entre el hombre y la mujer, en la que se sustenta la amistad o el afecto conyugal.
Para edificar una moral del matrimonio no es preciso oponer los dos fines ni ponerlos en competencia, sino ponerlos en comunicación y conjugarlos. El fin principal, especialmente la educación de los hijos, no se puede obtener convenientemente sin la colaboración de los esposos entre sí, sin su afecto o amistad mutua. Hay ahí como una necesidad natural de la educación familiar.

Por otra parte, el rechazo del fin primero en el matrimonio entraña casi necesariamente el fracaso del fin segundo. El hijo es, en efecto, como el fruto propio, natural, del amor conyugal. Los esposos que lo rechazan condenan su amor a la esterilidad, incluso en el plano afectivo, y preparan su extinción en un plazo más o menos largo. El amor, en efecto, tiende naturalmente a la fecundidad, en todos los planos; es como una ley de generosidad inscrita tanto en el alma como en el cuerpo del hombre y de la mujer. No se puede quebrantarla voluntariamente sin comprometer la vida misma del amor, en su verdad y en su profundidad.
Es, por tanto, de primera importancia tener en cuenta la interdependencia y la interacción que poseen inseparablemente los dos fines del matrimonio. Hay ahí como una lógica de la realidad humana, más profunda y más fuerte, al cabo, que todas las ideas y las opiniones, los sentimientos y las pasiones.

Notemos también la influencia del individualismo sobre las relaciones entre el hombre y la mujer. La propensión a reivindicar la libertad individual ha conducido a considerar el dato natural que destina a la mujer a la maternidad y a una participación específica en la educación, como una constricción más que como una cualificación complementaria a la del hombre. La distinción de los sexos engendra entonces su rivalidad, así como la persecución de una imposible supresión de las diferencias, perjudicial tanto para el hombre como para la mujer. Sólo la aceptación franca y positiva de estas diferencias como actitudes complementarias permite restablecer entre el hombre y la mujer una colaboración y un equilibrio que descansan en el reconocimiento del otro y favorecen, en el apoyo mutuo, el despliegue de una libertad de calidad.

Fuente: Cf. Servais (Th.) Pinckaers, Las fuentes de la moral cristiana

El hogar, fuente de personalidad y virtudes


Es en el hogar donde los hijos tienen la primera experiencia de la existencia, que será la base de todas las experiencias ulteriores en la vida. Gracias a la seguridad del hogar se forma en ellos la seguridad personal, que sostendrá su actividad en el seno de la sociedad. Por consiguiente, la división y la inseguridad del hogar pueden tener para ellos graves repercusiones e impedirles adquirir la valentía de ser, necesaria para la formación de la personalidad.
El hogar procura a los hijos la experiencia primitiva del amor y de la felicidad con sus variantes en el afecto hacia el padre, la madre, los hermanos y las hermanas. Es el lugar principal de la educación. En el seno de la familia es donde el niño aprenderá a discernir lo que es bueno o malo y adquirirá su primera formación moral y religiosa. Pero en el hogar encontrará asimismo el sufrimiento, los disentimientos y la maldad de un modo particularmente íntimo.
En la familia, el niño adquirirá, en una edad en la que es particularmente receptivo, sus primeros conocimientos: la lengua materna, el saber de las cosas concretas, las verdades de la religión, las primeras ideas y el arte de servirse de ellas. De sus padres recibirá la primera enseñanza, especialmente moral, la formación en las virtudes, necesaria para el desarrollo de la libertad de calidad.

Por ello las deficiencias de la educación familiar podrán ser particularmente perjudiciales. Es evidentemente en la familia donde el niño tendrá la experiencia original de las relaciones sociales y aprenderá su diversidad en sus relaciones con sus padres y los otros miembros de la familia. Transportará con él estas relaciones primarias, tanto en el marco de la sociedad civil como en el seno de la Iglesia. Repercutirán incluso en sus relaciones con Dios, por ejemplo, la relación con el padre. Es también en el hogar donde el niño conocerá la autoridad y deberá aprender a situarse ante ella en una obediencia personal.

Fuente: Cf. Servais (Th.) Pinckaers, Las fuentes de la moral cristiana

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