Sostenida por la Eucaristía

Teresa Neumann 01 01 Teresa Neumann

La vida de Teresa Neumann cambió radicalmente luego de la curación milagrosa de una parálisis y una ceguera contraída a los 20 años. Algunos años después recibió los estigmas e inició un ayuno que se extendería por 36 años, hasta su muerte. Su único alimento fue la Eucaristía. Por eso mismo, las autoridades nazis, durante la guerra, le retiraron el carnet de alimentación pero le concedieron doble ración de jabón para lavar las telas que cada viernes se empapaban de sangre porque revivía en éxtasis la Pasión de Cristo. Hitler guardaba sentimientos de temor hacia Teresa y ordenó que “¡no sea tocada!”.

Teresa Neumann nació en Konnersreuth, Alemania, el 18 de abril de 1898. Su familia era muy pobre y profundamente católica.
Como escribió en sus diarios, su deseo más grande había sido el de ser misionera religiosa en África.
Pero, lamentablemente, a los veinte años sufrió un accidente que se lo impidió. En 1918 se incendió una granja vecina. Teresa corrió inmediatamente para auxiliar, pero en el intento de pasar los baldes de agua para apagar las llamas, tuvo una lesión grave en la médula espinal que le causó la parálisis en las piernas y la ceguera completa.
Teresa pasaba toda la jornada sumida en oración, pero un buen día sucedió un milagro ante la presencia del padre Naber, quien narra el hecho: «Teresa describió la visión de una gran luz mientras una voz extraordinariamente dulce le preguntaba si quería curarse. La sorprendente respuesta de Teresa fue que para ella todo sería bueno: curarse o quedarse enferma o inclusive, morir con tal que se hiciera la voluntad de Dios. La voz misteriosa le dijo que hoy habría tenido un pequeño gozo: la curación de su enfermedad; pero que en adelante, habría sufrido mucho.»
Durante algún tiempo, Teresa vivió en buenas condiciones de salud, pero en 1926 iniciaron las importantes experiencias místicas que duraron hasta su muerte: los estigmas, el ayuno completo con la Eucaristía como su único alimento. El Padre Naber, quien le dio la Comunión todos los días hasta el día en que Teresa murió, escribió: «En ella se cumple a la letra la palabra de Dios: “mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida”».

Teresa ofrecía a Dios sus sufrimientos físicos: desde el jueves, día en que Jesús inició su Pasión, perdía sangre de los estigmas hasta el domingo, día de la Resurrección. Y todo era para interceder en favor de los pecadores que pedían ayuda. Cada vez que era llamada al lecho de un moribundo, ella era testigo del juicio que esa alma vivía luego de la muerte.
Las autoridades eclesiásticas realizaron numerosos controles para verificar el ayuno de Teresa. Así, el jesuita Carl Sträter, quien fue el encargado por el Obispo de Ratisbona para estudiar la vida de la estigmatizada, confirmaba: “el significado del ayuno de Teresa Neumann ha sido el de demostrar a los hombres de todo el mundo el valor de la Eucaristía, hacerles entender que Cristo está verdaderamente presente bajo las especies del pan y que a través de la Eucaristía se puede también conservar la vida física”.
Teresa fue declarada Sierva de Dios en 2004.

Fuente: cf. Venerable Carlo Acutis, Exposición «Milagros eucarísticos»

Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad

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Recordemos cuando Jesús se acercó a la pequeña ciudad de Samaría, llamada Sicar, donde se encontraba una fuente que se remontaba a los tiempos del Patriarca Jacob.

En aquel lugar encontró a una samaritana que se acercaba para sacar agua de la fuente. Él le dice: «Dame de beber». La mujer responde: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, mujer samaritana?».
Entonces Jesús replicó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría a ti agua viva».
Y continuó: «El agua que yo te dé se hará en ti fuente que salte hasta la vida eterna» (cf. Jn 4, 5-14).
¡Fuente! ¡Fuente de vida y de santidad!
En otra ocasión, en el último día de la fiesta de los Tabernáculos en Jerusalén, Jesús ―como escribe también el Evangelista Juan― «gritó, diciendo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, según dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su seno”.» El Evangelista añade: «Esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él» (Jn 7, 37-39).

Todos deseamos acercarnos a esta fuente de agua viva. Todos deseamos beber del Corazón divino, que es fuente de vida y de santidad.
En Él nos ha sido dado el Espíritu Santo, que se da constantemente a todos aquellos que con adoración y amor se acercan a Cristo, a su Corazón.
Acercarse a la fuente quiere decir alcanzar el principio. No hay en el mundo creado otro lugar del cual pueda brotar la santidad para la vida humana, fuera de este Corazón, que ha amado tanto. “Ríos de agua viva” han manado de tantos corazones... y ¡manan todavía! De ello dan testimonio los Santos de todos los tiempos.
Te pedimos, Madre de Cristo, que seas nuestra Guía al Corazón de tu Hijo. Te pedimos que nos acerques a Él y nos enseñes a vivir en intimidad con este Corazón, que es fuente de vida y de santidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 10 de agosto de 1986

El Beato Pier Giorgio y la devoción a la Virgen (II)

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Un sacerdote recuerda: "Jamás se podría olvidar el haber visto rezar a aquel joven. Se fijaba en la Virgen y parecía devorarla con los ojos".

En sus excursiones a la montaña de esta zona, no dejaba de refugiarse junto a la Virgen. Un compañero de una de estas salidas, que no era católico militante, evoca este recuerdo:
“Regresando con algunos compañeros de una excursión por «sus montañas» pasamos por el santuario de Oropa. Ni bien llegamos nos sentamos en un café. Nos contamos, todos estaban presentes, salvo Pier Giorgio. Había desaparecido sin decir palabra. Al instante cada cual fue en busca de él y le hallamos al fin en el antiguo santuario orando... A nadie le avisó, obró como siempre, sin ostentación, pero también sin respeto humano, del modo más sencillo. Por supuesto que se cuidó bien de hacernos notar nuestra indiferencia, pero ¡cuánto más elocuentes que una reprimenda o una exhortación fueron su silencio y su ejemplo!”

Era un admirador del Dante, lo leía con asiduidad y gusto. Se había copiado el canto que el poeta le dedica en el Paraíso a la Virgen María, lo había aprendido de memoria, y lo recitaba muchas veces, en cualquier lugar... en su casa, en el campo, en la montaña, y hasta en el tren, en las excursiones con sus compañeros:
"¡Oh Virgen Madre, oh Hija de tu Hijo,
alta y humilde más que otra criatura,
término fijo de eterno decreto!"
Dante, La divina comedia, El Paraíso, canto XXXIII

Fuente: P. Diego Cano IVE, Escalada al cielo, biografía de Pier Giorgio Frassati

Grábame como un sello sobre tu Corazón

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Visitando San Luis IX de Francia las plazas fuertes de su reino, llegó un día a Dornix, fortaleza de Flandes, donde los habitantes le habían preparado un curioso recibimiento. Habían escogido a la joven más agraciada del pueblo y, vestida de gala y con un precioso estuche en la mano, la enviaron al encuentro de su Majestad, en nombre de la población entera. El rey la recibió con singulares muestras de agrado, abrió con curiosidad el estuche y ¡cuál no sería su sorpresa! al encontrar en él un corazón de oro, en el que iba incrustado un hermosísimo lirio, formado con riquísimos diamantes, en cuyos pétalos había grabada esta preciosa leyenda: «Así ama el pueblo a su rey y lo encierra en su corazón». Conmovido el soberano por tan delicadísima muestra de amor, apretó el corazón de oro contra su corazón real, exclamando: “Y así ama y encierra el rey a su pueblo en su corazón”.

Bellísima representación del amor de un Rey a sus vasallos, sólo superado por el amor del Corazón de Jesús a sus apóstoles. Dice Santa Margarita: “Me parece que me ha hecho ver (el Señor) que muchos estaban allí escritos (en su Corazón) a causa del deseo que tienen de hacerle honrar, y que por eso no permitirá jamás que sean borrados”. El Beato Bernardo de Hoyos, primer propagador de esta devoción en España, se consagraba al Sagrado Corazón de Jesús el 12 de junio de 1733, primer viernes después de la octava del Corpus, con la devota fórmula del P. Claudio de la Colombière, en la Iglesia de San Ambrosio de Valladolid, ante Jesús Sacramentado, y firmaba después la consagración con estas palabras: “El amado y amantísimo discípulo del Sacratísimo Corazón de Jesús, Bernardo Francisco de Hoyos”.Dice que al firmar “conocí por un modo suavísimo, no tanto de visión cuanto de tacto o experiencia palpable, que Jesús escribía mi nombre en su Corazón”.
Si interpretamos estas palabras en el sentido del lenguaje humano, quiere decir que Jesucristo promete una amistad entrañable y eterna. Y, si se interpretan en el lenguaje divino de las Sagradas Escrituras, hemos de deducir la misma conclusión. La Sagrada Escritura nos habla de un libro, que llama “de la vida”. Libro, donde están escritos los nombres de los predestinados. Y ¿qué libro es ése? “Mi Corazón es el Libro de la Vida”, dijo a Santa Margarita Nuestro Señor, que en su vida mortal había asegurado: “Yo soy la vida”.

La sociedad perpetúa la memoria de sus grandes bienhechores, poniendo sus nombres en monumentos, estatuas... Jesucristo no es menos agradecido y quiere recompensar a los que le ayudan en propagar su reinado de amor por el mundo. Él no promete escribirlos en mármol, o en bronce: los grabará en su propio Corazón. Llevar a una persona en el corazón es la mayor prueba de cariño. Sentirse amado por otra persona produce satisfacción muy honda. No sólo nos asegura Jesucristo que escribirá en su Corazón el nombre de sus apóstoles, sino que se realza la promesa con la indelebilidad.

El corazón de los hombres es voluble y lo que escribe en él es inestable. Es como la arena de la playa. Escribes un nombre en la arena y qué poco dura. Una racha de viento, unas gotas de agua bastan para borrarlo. Así es el corazón humano. Se escribe en él un nombre, y pronto desaparece. Las gotitas de agua de un disgusto bastan para hacer deshacer la amistad, que se creía eterna. El viento frío de una separación, un poco prolongada, apaga la llama del amor. Mal libro es el corazón humano, para conservar los nombres escritos en él. Pero el Corazón de Jesús es todo lo contrario. Los nombres que Jesucristo escribe en su Corazón, ahí quedan para la eternidad, si el hombre no se empeña en borrarlo. ¡Jesús haz que yo cuide de Ti, y de tus cosas, para que Tú cuides de mí y de las mías; y escribe mi nombre en tu Corazón Divino!

Fuente: P. Manuel Mosquero Martin S.J, Las promesas del Sagrado Corazón de Jesús

La Madre Dolorosa es consuelo de los afligidos

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Considera que la contemplación de los dolores de María es un antídoto sumamente provechoso contra las aflicciones que se padecen en esta vida y, al mismo tiempo, un motivo para esperar con mayor confianza en la divina misericordia.

Los dolores de María Santísima, bien considerados, deben fortalecer el alma del cristiano y llenarle de soberanos consuelos, por más que las aguas amargas de la tribulación le hayan sumergido hasta lo más hondo.
Porque, ¿qué penas pueden ser las tuyas, oh cristiano, que merezcan compararse con las de aquella Señora? ¿Te han usurpado tus posesiones? A María Santísima le quitaron su Hijo, en donde estaban encerrados todos los inmensos tesoros de las riquezas divinas.
¿Han vulnerado tu honor, afeándole con imposturas y ennegreciéndole con calumnias afrentosas? María Santísima tiene a su Hijo, que es la misma inocencia, crucificado por revoltoso, por embaucador, por un hombre tan malo que quería levantarse por rey; y llegó a tanto el vilipendio que llegaron a posponerle al facineroso Barrabás.
¿Te han privado de tu pariente, de tu esposo, o de tu hijo? María Santísima se ve viuda, porque Jesucristo es el esposo de las vírgenes; le han quitado un hijo Dios de quien era verdadera madre, y con él le han quitado todos los bienes imaginables, pues todos se contienen en la naturaleza divina.
¿Padeces enfermedades, tienes tu cuerpo cubierto de llagas, te afligen el hambre, la sed, la pobreza y todos los dolores? María Santísima se ve despreciada de todos, sin tener modo de aliviar la sed de su Hijo, ni darle sepultura, y su bendita alma está hecha el teatro más lastimoso de cuantos inventó la crueldad, y del más triste desamparo.

Sin embargo de eso, María es inocentísima y se conforma perfectamente con la voluntad de su Dios. ¿Quién eres tú, pues, que pretendes eximirte de los trabajos de este mundo con una conducta llena de delitos? ¿No será más razonable pensamiento el llenar tu corazón de una santa tranquilidad y consuelo, considerando en las dificultades con que Dios te trata cómo trató a su misma Madre? A más de que, en esto mismo, puedes asegurar una dulce esperanza de las eternas recompensas. El mismo Dios tiene dicho que no será coronado sino el que hubiese peleado con fortaleza. El sufrimiento de las penalidades de esta vida es la lucha a la cual está prometida la palma y la victoria.
Por otra parte, el haber padecido tanto la Madre de Dios te asegura que en sus dolores tienes un caudal con que pagar tus deudas, y un repuesto de merecimientos en que afianzar tus esperanzas. María, inocentísima y sin la más leve mancha de pecado, a imitación de su Hijo, no padeció para sí sino para beneficio del linaje humano. Ensancha, pues, ese corazón, y conoce que en los dolores de María tienes todo tu consuelo y en donde colocar la esperanza de conseguir la vida eterna.

Fuente: J. Croisset, sj, Año cristiano

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