Restáuranos, Señor, por tu misericordia

Santa Catalina de Siena 05 06

Mi Señor dulcísimo, vuelve benignamente tus ojos misericordiosos a este pueblo y al cuerpo místico que es tu Iglesia; porque mayor gloria se seguirá para tu santo nombre al perdonar tan gran muchedumbre de tus creaturas que si tan sólo me perdonas a mí, miserable pecadora, que tan gravemente he ofendido a tu majestad.

¿Qué consuelo podría hallar yo en poseer la vida, viendo que tu pueblo está privado de ella, y viendo cómo las tinieblas del pecado cubren a tu amada Esposa, por mis pecados y los de las demás creaturas tuyas?
Deseo, pues, y te pido como una gracia especial este perdón, por aquel amor incomparable que te movió a crear al hombre a tu imagen y semejanza.
¿Cuál, me pregunto, fue la causa de que colocaras al hombre en tan alta dignidad? Ciertamente, sólo el amor incomparable con el cual miraste en ti mismo a tu creatura y te enamoraste de ella. Mas veo con claridad que por culpa de su pecado perdió merecidamente la dignidad en que lo habías colocado.

Pero tú, movido por aquel mismo amor, queriendo reconciliarte gratuitamente al género humano, nos diste la Palabra que es tu Hijo unigénito, el cual fue verdaderamente reconciliador y mediador entre tú y nosotros. Él fue nuestra justicia, ya que cargó sobre sí todas nuestras injusticias e iniquidades y sufrió el castigo que por ellas merecíamos, por obediencia al mandato que tú, Padre eterno, le impusiste, cuando decretaste que había de asumir nuestra humanidad. ¡Oh incomparable abismo de caridad! ¿Qué corazón habrá tan duro que no se parta al considerar cómo la sublimidad divina ha descendido tan abajo, hasta nuestra propia humanidad?

Nosotros somos tu imagen y tú imagen nuestra, por la unión verificada en el hombre, velando la divinidad eterna con esta nube que es la masa infecta de la carne de Adán. ¿Cuál es la causa de todo esto? Solamente tu amor inefable. Por éste tu amor incomparable imploro, pues, a tu majestad, con todas las fuerzas de mi alma, para que otorgues benignamente tu misericordia a tus miserables creaturas.

Santa Catalina de Siena, Diálogo sobre la divina providencia, Liturgia de las Horas

Heidi y el abandono en Dios (II)

Alpes 01 02

El doctor continuó un buen rato mirando en silencio las poderosas montañas y el soleado y verde valle, y luego volvió a decir: -¿Sabes, Heidi? Aquí podría venir a sentarse alguien que tuviera una gran sombra en los ojos y no pudiera percibir la belleza que lo rodea. Entonces el corazón también estaría triste, el doble de triste, cuando todo podría ser tan bonito. ¿Lo comprendes?

En ese momento Heidi sintió un dolor en su alegre corazón. La gran sombra en los ojos le recordó a la abuela que no podía ver ya la luz del sol ni todas las maravillas que había allí arriba. Aquello era una pena que Heidi llevaba consigo y que despertaba cada vez que se le venía a la cabeza. Guardó silencio durante un rato, porque el dolor la había sorprendido en medio de la alegría. Luego dijo muy seria:
-Sí, eso puedo comprenderlo. Pero sé una cosa: cuando eso pasa hay que recitar los cánticos de la abuela, le iluminan a uno un poco y a veces incluso tanto que se siente muy feliz. Me lo ha dicho la abuela.
-¿Qué cánticos, Heidi? -preguntó el doctor.
-Sólo me sé el del sol y el hermoso jardín, de los otros más largos también los versos que le gustan a la abuela, porque tengo que leérselos siempre tres veces -respondió Heidi.
-Pues recítame los versos, a mí también me gustaría oírlos -y el doctor se incorporó para escuchar con más atención.
Heidi cruzó las manos y pensó un poquito:
-¿Empiezo allí donde dice la abuela, cuando uno vuelve a tener confianza en el corazón?
El doctor asintió con la cabeza.
Entonces Heidi empezó a recitar:

Deja, deja que haga y gobierne,
Él es un sabio regente,
y las cosas hará de tal modo
que no saldrás de tu asombro;
porque él, como sabe hacerlo,
con sus sabios y buenos consejos
todo aquello se lleva
que a ti te causa gran pena.

Es posible que un poco tarde
en venir a consolarte,
y seguirá trabajando
como si estuviera pensando
en que no podría ir a verte,
como si tuvieras siempre
que vivir entre mil penas,
como si de ti no saber quisiera.

Pero si luego acontece
que tú fiel a Él permaneces,
Él te librará de esa carga
cuando tú no lo esperabas,
tu corazón ya no se verá preso
de ese terrible peso
que, por nada malo,
hasta ahora has llevado.

Heidi se detuvo de repente; no estaba segura de que el doctor siguiera escuchándola. Se había puesto las manos delante de los ojos y no se movía lo más mínimo. Pensó que a lo mejor se había adormilado; cuando despertase, y si quería oír más versos, entonces se los recitaría. Ahora todo estaba tranquilo.
El doctor no decía nada, pero no estaba durmiendo. Había regresado a un tiempo muy lejano. Allí estaba él de joven, al lado de su adorada madre, que rodeaba su cuello con el brazo y le recitaba el cántico que acababa de escuchar a Heidi y que llevaba tanto tiempo sin oír. Entonces escuchó de nuevo la voz de su madre y vio sus bondadosos ojos posándose sobre él llenos de ternura y, cuando se acallaron las palabras del canto, escuchó aquella amable voz que le decía otras palabras; debía agradarle escucharlas y recordarlas en su memoria, porque siguió así un buen rato, con las manos sobre el rostro, sin decir palabra y sin moverse. Cuando finalmente se incorporó, vio que Heidi lo miraba asombrada. Cogió la mano de la niña:
-Heidi, el cántico ha sido muy hermoso -dijo, y su voz sonó más alegre de lo que había sonado hasta ese momento-. Volveremos aquí y me lo volverás a recitar.

Fuente: Johanna Spyri, Heidi, ed. Nórdica

Heidi y el abandono en Dios (I)

Heidi 01 01

Heidi miraba a un lado y a otro. Las flores que se agachaban divertidas, el cielo azul, los alegres rayos del sol, el complacido pájaro en el aire, ¡todo era tan bonito...! ¡Tan bonito...! Los ojos de Heidi echaban chispas de tanta dicha. Entonces miró a su amigo, para ver si él lo veía todo igual de bonito. Hasta entonces el doctor había estado mirando a su alrededor callado y pensativo. Al encontrarse ahora con la mirada radiante de dicha de la niña, dijo:

-Sí, Heidi, todo podría ser hermoso aquí arriba, pero ¿tú qué crees? Si alguien viniera aquí con el corazón triste, ¿qué es lo que tendría que hacer para poder alegrarse con estas cosas tan hermosas?
-¡Oh! ¡Oh! -exclamó Heidi muy contenta-. Aquí nadie tiene nunca el corazón triste, sólo en Frankfurt.
El doctor sonrió un poco, pero la sonrisa fue muy fugaz.

Luego volvió a preguntar:
-Y si viniera alguien y trajera consigo toda la tristeza de Frankfurt, Heidi, ¿sabes de algo que lo pudiera ayudar?
-Sólo hay que contárselo al buen Dios cuando uno ya no sabe qué hacer -dijo Heidi con mucha confianza.
-Sí, ésa es una buena idea, niña -apuntó el doctor-. Pero, y si lo que a uno le hace tan triste e infeliz viene de Él, ¿qué se le puede decir entonces al buen Dios?
Heidi tuvo que pensar qué había que hacer entonces; pero ella tenía absoluta confianza en que el buen Dios ayudaba siempre en todas las tristezas. Buscó su respuesta en sus propias vivencias:
-Entonces hay que esperar -dijo con mucha seguridad al cabo de un rato- y pensar únicamente: «El buen Dios ya sabe qué alegría me va a enviar después de esto y de lo otro, sólo hay que esperar un poco tranquilos y no abandonarlo». Luego todo sucede de repente, de manera tal que uno puede ver perfectamente cómo el buen Dios había tenido todo el tiempo en mente algo bueno, pero como eso no puede verse de antemano, sino que lo único que se ve es lo triste y lo terrible, entonces uno piensa que las cosas van a ser siempre así.

Fuente: Johanna Spyri, Heidi, ed. Nórdica

Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones endurecidos

Santa Misa 05 06

Promesa magnífica, que llena todas las aspiraciones de un apóstol, que alcanza hasta los últimos y más irreductibles baluartes de los dominios del pecado. Tocar, convertir los corazones endurecidos es la victoria más espléndida que se puede soñar. Ni el oro, ni la espada, ni la palabra del hombre. Y lo consigue en un instante la gracia de Dios, por medio de las almas poseídas de una tierna devoción al Corazón de Jesús. Ahora dejemos hablar a un pecador convertido:

“La víspera de mi primera comunión prometí solemnemente a Jesús amarle siempre... Más ¡ay! Fui víctima de esas plagas terribles, que a tantos hacen perder en nuestros días la virtud y el honor: las malas compañías y las lecturas peligrosas. A los veinte años era el primer libertino de mi ciudad. Treinta años seguidos añadí heridas sobre heridas. Por acaso acerté a pasar por Paray-Le-Monial. La ciudad estaba de fiesta. Sorprendido, me acerqué a una mujercita y le pregunté: -¿Qué es lo que pasa?
-¿Cómo? ¿No lo sabe Ud.? Pues es la gran peregrinación.
-¿Para qué?
-Para honrar al Corazón de Jesús.
-¿El Corazón de Jesús? ¿Dónde está? ¿Se puede ver?
-No se le puede ver; pero este Sagrado Corazón se manifestó a una religiosa de la Visitación, a Santa Margarita María, y le recomendó que trabajase, para que fuese honrado por todos los hombres.

Y, siguiendo las indicaciones de aquella buena mujer, me dirigí hacia aquel célebre santuario. Llegué a la Visitación, quise entrar en la capilla, pero estaba repleta de gente. Esperando a que la muchedumbre se dispersase, miraba en torno mío. ¿En qué pensaba? Yo mismo no lo sé. Mis miradas se fijaron con curiosidad en unas franjas de tela blanca, sobre las cuales resplandecían en rojo unas inscripciones. Leí: “Promesas de Ntro. Señor a Santa Margarita María”. Fui recorriendo, una por una, todas las inscripciones; muchas frases me parecían faltas de sentido; eran para mí un enigma aquellas palabras: “Gracia..., favor..., misericordia..., tibieza..., perfección...; Mas una línea hirió de pronto mi corazón: “Daré a los sacerdotes el poder de mover los corazones más empedernidos”. Revolvióse en el acto toda impiedad, que bullía en mi alma. Mover los corazones endurecidos... ¡Así está escrito... Pues bien: veremos si es verdad. ¿Por qué no hacer la prueba? Llamaré a un sacerdote. ¿Qué palabras dirá tan inspiradas, que puedan conmover a un corazón como el mío? Y me mofaba tocándome el pecho.

En aquel momento pasó junto a mí una religiosa, y volviéndome a ella bruscamente, le dije: “Querría hablar con un sacerdote de Paray-LeMonial”. Ella me introdujo en una pequeña habitación. De pronto entró un sacerdote. Nos encontramos frente a frente. Pasaron algunos segundos... El me miraba, esperando que le hablase. Yo no tenía en mi alma más que impiedad y sarcasmo, y, con todo, experimentaba un estremecimiento pasajero. El sacerdote salió a mi encuentro: “Y bien, ¿qué es lo que desea, amigo mío?” ¡Amigo suyo! ¡Ah!, usted no me conoce. Yo no tengo fe. Yo no creo una palabra de todo cuanto ustedes dicen y escriben. Llámeme usted excomulgado, impío, infiel, lo que quiera; pero amigo... eso a otro. Así continué hablando un rato. La frase, que leí sobre la blanca tela, estaba clavada en mi mente con esta irónica pregunta: “¿Qué me dirá?”. El sacerdote estaba pálido. Con todo, ningún gesto de indignación se le escapó. Yo me reía... Él lo veía bien, pero no entendía las señales de cabeza, que acogían todas sus preguntas y que querían decir: “Y a mí, ¿qué?”. Era vencedor... Triunfaba... Estaba a punto de estallar en una carcajada y confesarle llanamente toda la verdad, cuando de pronto ¡ah!, tiemblo al recordarlo.
Amigo mío -me dice- ¿vive la madre de Ud.?

¡Qué emoción tan intensa la que sufrí en aquel momento! Aquí me esperaba el Sagrado Corazón. Algunas lágrimas brotaron de mis ojos; estaba temblando. ¡Mi madre! ¡Las palabras de mi madre! ¡Oh, sí!, ¡es verdad! ¡El Sagrado Corazón de Jesús! Quisiera tener delante aquella imagen ante la cual me arrodillaba con mi madre, de niño. Volver a leer aquellas líneas, que me escribió con mano temblorosa, y a las cuales ¡desgraciado de mí!, jamás había prestado atención: “Hijo mío, te escribo desde mi lecho de agonía. Muero de los disgustos que me has causado; pero no te maldigo, porque he esperado siempre que el Corazón de Jesús te convierta”. Entré en el Santuario del Sagrado Corazón para arrodillarme ante un confesionario... Pocos días después me acerqué a la Sagrada Mesa”.
Sacerdotes, amad al Sagrado Corazón y convertiréis muchas almas.

Fuente: P. Manuel Mosquero Martin S.J, Las promesas del Sagrado Corazón de Jesús

Corazón de Jesús, tesoro de ternura

Santa Teresita 17 44

(...) Un día, mi Señor, como la Magdalena,

quise verte de cerca, y me llegué hasta ti.
Se abismó mi mirada por la inmensa llanura
a cuyo Dueño y Rey yo iba buscando.
Al ver la flor y el pájaro,
el estrellado cielo y la onda pura,
exclamé arrebatada:
«Bella naturaleza, si en ti no veo a Dios,
no serás para mí más que un sepulcro inmenso.

«Necesito encontrar
un corazón que arda en llamas de ternura,
que me preste su apoyo sin reserva,
que me ame como soy, pequeña y débil,
que todo lo ame en mí,
y que no me abandone de noche ni de día».

No he podido encontrar ninguna criatura
capaz de amarme siempre y de nunca morir.
Yo necesito a un Dios que, como yo,
se vista de mí misma y de mi pobre
naturaleza humana,
que se haga hermano mío y que pueda sufrir.

Tú me escuchaste, amado Esposo mío.
Por cautivar mi corazón, te hiciste
igual que yo, mortal,
derramaste tu sangre, ¡oh supremo misterio!,
y, por si fuera poco,
sigues viviendo en el altar por mí.
Y si el brillo no puedo contemplar de tu rostro
ni tu voz escuchar, toda dulzura,
puedo, ¡feliz de mí!,
de tu gracia vivir, y descansar yo puedo
en tu Sagrado Corazón, Dios mío.

¡Corazón de Jesús, tesoro de ternura,
tú eres mi dicha, mi única esperanza!
Tú que supiste hechizar mi tierna juventud,
quédate junto a mí hasta que llegue
la última tarde de mi día aquí.
Te entrego, mi Señor, mi vida entera,
y tú ya conoces todos mis deseos.
En tu tierna bondad, siempre infinita,
quiero perderme toda, Corazón de Jesús.

Sé que nuestras justicias y todos nuestros méritos
carecen de valor a tus divinos ojos.
Para darles un precio,
todos mis sacrificios echar quiero
en tu inefable corazón de Dios.
No encontraste a tus ángeles sin mancha.
En medio de relámpagos tú dictaste tu ley
¡Oh Corazón Sagrado, yo me escondo en tu seno
y ya no tengo miedo, mi virtud eres tú!

Para poder un día contemplarte en tu gloria,
antes hay que pasar por el fuego, lo sé.
En cuanto a mí me toca, por purgatorio escojo
tu amor consumidor, corazón de mi Dios.
Mi desterrada alma, al dejar esta vida,
quisiera hacer un acto de purísimo amor,
y luego, dirigiendo su vuelo hacia la patria,
¡entrar ya para siempre
en tu corazón...!

Fuente: Santa Teresa del Niño Jesús, Poesía 'Al Sagrado Corazón de Jesús', clerus.org

Mostrar más artículos...

Suscríbase al Blog de ARCADEI