La aridez (II)

Santa Teresita 18 45 Santa Teresita rezando

Otras veces, por el contrario, la aridez espiritual proviene de causas físicas o morales completamente independientes de nuestra voluntad. Pueden ser indisposiciones, malestar, cansancio, nerviosismo o abatimiento por el excesivo trabajo o por preocupaciones dolorosas, etc., que pueden hacer desaparecer toda sensación de alivio espiritual, siendo a veces imposible por el momento poner remedio a tan doloroso estado. Es ésta una prueba que podrá prolongarse más o menos, pero en la cual hemos de ver con plena certeza la mano de Dios que todo lo dispone para nuestro bien, y que no dejará de concedernos la gracia necesaria para convertir en provecho este sufrimiento.

Aunque entonces no sienta consuelo ni atractivo alguno por la oración, el alma debe ejercitarse en ella por puro deber, porque es su obligación, valiéndose de los remedios que están en su mano para suplir su incapacidad. A este propósito enseña Santa Teresa de Jesús: «Así que, hermanas, oración mental; y quien ésta no pudiere, vocal, y lección y coloquios con Dios... No se deje las horas de oración.»

Y si a pesar de todo, el alma no consigue mover y encender su corazón, ejercítese en el amor al Señor y ámele con sola la voluntad. No será tiempo perdido; pues, por el gran esfuerzo que requiere semejante ejercicio, la voluntad se robustecerá y se hará capaz de un amor más eficaz, más generoso, quizás sin que el alma se dé cuenta de este crecimiento en el amor.
Se trata, en verdad, de un amor privado de sentimiento, pero no nos olvidemos que la substancia del amor no consiste en sentir, sino en querer a toda costa agradar a la persona amada. Por eso, quien, no hallando gusto alguno, sino más bien repugnancia en la oración, persevera en ella únicamente por agradar al Señor, le da una prueba hermosísima de que le ama sincera y verdaderamente.
El progreso en la vida espiritual no se mide por el consuelo y alivio que experimenta el alma; estas cosas ni siquiera se requieren para la vida espiritual, ya que la verdadera devoción se valora únicamente por la prontitud de nuestra voluntad para servir a Dios, prontitud y decisión que pueden darse aun en medio de la aridez y de la lucha que la voluntad debe sostener contra las repugnancias sensibles.

“Confío ilimitadamente, ¡oh Señor! en tu bondad, pues Tú mismo me enseñas a pedir, a buscar y a llamar. Por eso, cumpliendo tus palabras, pido y busco, y llamo. Ahora, pues, ya que me mandas pedir, haz que yo reciba; ya que me incitas a buscar, haz que yo encuentre; ya que me dices que llame, ábreme la puerta. Estoy enfermo, dame fuerzas; me encuentro perdido, vuélveme al buen camino; resucítame de esta muerte y dígnate dirigir y gobernar todos mis sentidos, pensamientos y acciones según tu beneplácito, para que yo viva de ti y me entregue a ti por completo” (San Agustín).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Dónde se encuentra la verdadera alegría

Transfiguracion 05 08

Considera que es tan natural al hombre el amor a todo lo que es placer; es tanta su inclinación al gusto, al contento, a la paz del corazón, que esta inclinación y este amor son como el general resorte que da movimiento a todas las acciones de la vida. ¡Mas ah, y qué grande es su ilusión cuando busca fuera de Dios esta paz, esta quietud, este contento y esta satisfacción! Sólo en servicio de tan buen amo se encuentran todas esas utilidades.
Estar con Jesús, dice el autor del libro de la imitación de Cristo, es dulce paraíso; pero estar sin Jesús, aunque seas el hombre más feliz del mundo, es un infierno. Asombroso es que, después de tan largas y tan funestas experiencias como los hombres han hecho de esta verdad, todavía no reconozcan su error, descubriendo el vacío y la iniquidad de las falsas alegrías de este mundo. Experimentan toda su amargura; palpan su inestabilidad, y con todo eso, sólo suspiran por ellas.

Si domina la pasión del contento y del consuelo, ¿a qué fin buscarle donde no se halla, y huir de aquella condición donde únicamente se encuentra, que es la de los que sirven a Dios de veras y con fervor? ¿A qué fin arrastrar toda la vida en una mediocridad de virtud, en la cual nunca se gustan las dulzuras de la vida verdaderamente espiritual? La gloria de la majestad de Cristo sólo se descubre en la elevación del monte; en el fondo de la soledad, en lo más silencioso del retiro se dejan percibir los consuelos celestiales.
Por eso el Señor se escogió la cumbre de un monte solitario para la Transfiguración. ¿Por qué no se obraría este dulcísimo misterio sino a la vista de solos tres discípulos? Porque siempre es corto el número de las almas fervorosas. Seamos de este corto número y seremos favorecidos.

Bueno será que nos quedemos aquí, exclama San Pedro. Cuando Dios se comunica a un alma pura, fácilmente se olvidan todos los bienes creados. Los más exquisitos gustos de la tierra parecen insípidos a quien gusta una vez los consuelos espirituales, que son como una prueba de los gozos de la gloria. Luego que Dios se deja sentir en el alma, ninguna fuerza hacen ni esos honores imaginarios, ni esas distinciones pueriles, ni esas quiméricas fortunas con que el mundo apacienta a sus parciales.
Aquella paz interior, que excede todo cuanto se puede imaginar; aquella inexplicable alegría, que es el fruto de los más duros trabajos; aquella alegría pura sin mezcla de tristeza; aquella alegría permanente, que no se acaba cuando se acaba una fiesta pública; aquella alegría constante, sin peligro de producir efecto alguno enfadoso; todo esto sólo se reserva para los buenos.
Compara todas estas ventajas con la turbación y la tiranía de las pasiones; con aquellas inquietudes y con aquellos enfados, que son como la herencia de las almas cobardes, de las almas tibias, y descubrirás el verdadero origen de todos tus disgustos y de todas tus sequedades.

Conozco, Dios mío, que mi infidelidad y mi tibieza me han privado hasta aquí de aquellas señaladas gracias que sólo se reservan para los fervorosos. No os pido, Señor, esos favores extraordinarios que hacen tan fácil y tan dulce la virtud; sólo os pido, por los méritos de mi Señor Jesucristo, me deis gracia para salir de este infeliz estado de tibieza, que me ha hecho tan pesado tu suavísimo yugo. Concededme aquel fervor con que se os debe servir, y la merced de que os sirva de hoy en adelante con la mayor fidelidad.

Fuente: J. Croisset, sj, Año cristiano

La santificación de los laicos en el mundo

Maria Cristina Cella Mocellin 02 02

Sierva de Dios María Cristina Cella Mocellin

En este mundo santo, bueno, reconciliado, salvado, mejor dicho, necesitado de salvación, de momento salvado en esperanza, porque sólo en esperanza poseemos esta salvación; en este mundo, pues, es decir, en la Iglesia, que toda entera sigue a Cristo, a todos se ha dicho: Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo.

Estas palabras no están destinadas solo a las vírgenes y no las casadas; o a las viudas y no las que viven en matrimonio; o a los monjes y no a los casados; ni solo a los clérigos y no a los laicos: toda la Iglesia, todo el cuerpo, todos sus miembros según sus funciones asignadas, deben seguir a Cristo.
Sígale, pues, toda entera la Iglesia única: esta paloma, esta esposa redimida y dotada con la sangre del Esposo. En ella encuentra su lugar específico la integridad virginal, la continencia de los viudos y la castidad de los cónyuges.

Sigan a Cristo estos miembros que tienen allí su lugar, cada uno en su género, en su puesto, a su manera; niéguense a sí mismos, es decir, no presuman de sí; tomen su cruz, es decir, mientras están en el mundo toleren por Cristo cuantos sufrimientos les procure el mundo. Amen al único que no decepciona, al único que no engaña. Ámenle porque es verdad lo que promete. Más como no lo da al instante, la fe titubea. Resiste, persevera, aguanta, soporta la dilación, y es así como tomarás la cruz.

Fuente: San Agustín, Sermón 96

Reine su Corazón

Sagrado Corazon 28 46

El huracán contra el hogar, contra el santuario de la familia cristiana, arrecia y es formidable en estos días. Sabedlo: de todos los antros anticristianos brota un solo grito de combate, voz de orden del infierno, que dice: «Paganizad la familia.» « ¿De qué manera? Neutralizar la influencia de la mujer, cueste lo que cueste; embriagad con placer y vanidad a la joven en espectáculos y modas relajadas; haced del niño un ente laico, y hemos vencido.»

Pero ¿y cuál es la finalidad suprema de toda esta campaña? «Señor Jesús, perdóname, pero déjame gritarlo a este tu pueblo: Quieren, con cólera satánica, destronarte a Ti, reclamando tu muerte; exigen que te vayas.» ¿Qué les importa lo demás?
Y hubo un momento en que el infierno pensó en lanzar un grito salvaje de victoria: ¡había avanzado tanto, profanado a mansalva los tabernáculos del Señor! No penséis que exagero; levantad si no la mirada, pasad las fronteras de vuestra patria y recorred de una ojeada las ruinas morales gigantescas en tantos otros pueblos de Europa y del mundo y os convenceréis que estoy en lo cierto al afirmaros que Satán estuvo a punto de exclamar: ¡He vencido!

Más ¿quién lo ha detenido en las puertas mismas de la ciudadela del hogar? Recordad aquel momento de sublime majestad en Getsemaní, el Jueves Santo: se acerca Judas, el amigo infiel, el traidor; tras él vienen los sicarios y verdugos. Preséntase Jesús y les dice: ¿A quién buscáis?Y ellos responden: A Jesús de Nazaret. Entonces se presenta el Señor, avanza unos pasos y les afirma: ¡Soy yo! Y caen de espaldas, aterrados, vencidos.
Pues así ocurrió en nuestros días: Satán creía ya suya la familia, conquistado el hogar destartalado, batido furiosamente; pero al presentarse en los umbrales para reclamar las llaves se encontró con el Maestro, con el Amo, con el Rey de Amor que velaba por Nazaret, la fuente de la vida; el Águila Real cubría con sus alas el nido y los polluelos, Jesús, sentado en el brocal del pozo de Jacob, conversaba con la familia y le decía: Dejadme entrar en la intimidad de vuestra casa. Yo soy la vida. Y el hogar le contestaba: ¡Entra en casa, Señor; entra como Rey, quédate con nosotros!

¿Qué ha ocurrido? ¿Recordáis que Constantino arrolló con el lábaro de la cruz a Majencio? Con el mismo estandarte San Fernando y Juan de Austria dieron a la Iglesia victorias cuyas felices consecuencias son eco vivo todavía en nuestros días; antes que éstos, Santo Domingo de Guzmán luchó contra los herejes, y con la Cruzada del Rosario batió en brecha a los formidables albigenses.
¿Y qué decir de la transfiguración de aquellas familias ya cristianas, pero que pueden y deben ser mejores en la práctica de un cristianismo más fuerte, más puro y acendrado? Entra en esas casas Jesús, digo, nace en ellas, y gracias a la fidelidad con que le escuchan y le tratan, crece y se desarrolla como en Nazaret. Sobre Cristo en el hogar se debe levantar, regenerada y fuerte, la nueva sociedad cristiana.

Amadísimos hermanos, renunciad en estos días solemnes a vivir de un cristianismo artificial y de barniz. Entronizad profundamente el Corazón de Cristo en vuestro hogar, hacedle convivir en el toda vuestra vida, pues Él quiere y pide cantar cuando cantéis vosotros, Él quiere llorar cuando lloréis vosotros, sus amigos. Como la luz, testigo silencioso e íntimo de alegrías y pesares, así Jesús ha venido, Jesús se ha quedado, Jesús avanza victorioso en nuestros días, ansioso de compartir y de divinizar nuestra vida, toda nuestra vida.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

La aridez (I)


Meditar 08 08

¡Oh Señor! Ayúdame a serte fiel, para que no se apague en mí, por mi culpa, el espíritu de oración.
Ordinariamente, al principio de una vida espiritual más intensa, el alma suele gozar de cierto fervor sensible que le hace fáciles y gustosos los ejercicios espirituales. Le brotan espontáneos los buenos pensamientos, los afectos, los impulsos amorosos del corazón; le es de suma alegría el recogerse a solas con Dios en la oración; pasa rápidamente el tiempo de la meditación y hasta le parece que la presencia de Dios se le hace sensible. Esta misma facilidad experimenta también en la práctica de la mortificación y de las demás virtudes. Pero, generalmente, este estado, esta disposición no dura mucho tiempo, de tal modo que a un cierto momento el alma se encuentra privada de todo consuelo sensible.

Esta supresión de la devoción sensible es lo que constituye precisamente el estado de aridez o sequedad, que puede depender de varias causas.
A veces puede ser efecto de la falta de fidelidad del alma, que se ha ido debilitando poco a poco por haber querido gustar ciertas pequeñas satisfacciones de pasatiempos, de curiosidad, de egoísmo o de amor propio, a que ya había renunciado. Si las almas comprendieran de cuántos bienes se privan por semejante conducta, abrazarían cualquier sacrificio antes de volver a caer en tales debilidades. El hábito de la mortificación, adquirido con tantos esfuerzos se pierde pronto, y el alma se ve de nuevo esclava de sus pasiones. El amor propio, que estaba adormecido, pero no muerto, se despierta con mayor vigor y se convierte en fuente no sólo de innumerables imperfecciones voluntarias, que ya habían sido vencidas, sino también de pecados veniales deliberados, e incluso puede arrastrar y sumergir en la tibieza a un alma que corría fervorosa por los caminos del Señor.

¿Cómo podrá esta alma, infiel a sus propósitos y hundida de nuevo en la mediocridad, asegurar al Señor en la oración que le ama y que quiere crecer en su amor? ¿Cómo podrá sentir la alegría de quien tiene conciencia de amar verdaderamente a su Dios? El alma, en consecuencia, cae necesariamente en la aridez espiritual. El único remedio para salir de este estado es volver al fervor primitivo. Esta nueva conversión estará sembrada de dificultades y exigirá del alma grandes esfuerzos; sin embargo es necesario que se empeñe decididamente en ella y que no se desanime nunca. El Señor se complace tanto en perdonarnos...

«Mira y ve mi aflicción, Tú que eres Santo, ¡oh Señor y Dios mío! Ten piedad de este tu hijo que engendraste con tan grandes dolores, y no mires mis pecados, de modo que te olvides de tu posesión. ¿Qué padre no desea librar a su hijo?; y ¿qué hijo no se corrige al sentir la mano piadosa de su padre? ¡Oh, Padre y Señor mío! Aunque pecador, no puedo dejar de ser tu hijo, pues me hiciste y me regeneraste. ¿Hay madre que pueda olvidar al hijo de sus entrañas? Pues aunque la hubiera, Tú, ¡oh Padre nuestro!, no te olvidarías de nosotros porque nos lo prometiste.
¡Heme aquí, Señor! Grito y no me escuchas; estoy desgarrado por el dolor, y no me consuelas. ¿Qué diré, qué haré, miserable de mí?
¡Oh Jesús! ¿Dónde están tus antiguas misericordias? ¿Permanecerás airado contra mí hasta el fin? Aplácate, Señor, y no apartes de mí tu rostro... Pequé, Señor, lo confieso; pero tu misericordia es infinita, por eso sobrepasa infinitamente mis culpas y pecados. Llora, alma mía, llora y gime, pues tu Esposo, Jesucristo, te ha abandonado. ¡Oh Señor omnipotente! No te irrites contra mí, pues no podré soportar el peso de tu cólera. Ten piedad de mí y no me dejes caer en la desesperación. Si yo hice cosas que me hacen digno de ser condenado, Tú no has perdido el poder y la misericordia para salvar a los pecadores» (San Agustín).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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