Jóvenes ejemplares (I)

Salvo D Acquisto 01 01 Siervo de Dios Salvo D'Acquisto

Salvo D'Acquisto, nacido en Nápoles el 17 de octubre de 1920, primero de cinco hijos, crecido en un sano ambiente familiar. Entró pronto en contacto con el espíritu salesiano, frecuentando el jardín de infantes de las Hijas de María Auxiliadora y cursando en el Instituto Salesiano el 4º grado de primaria y el primer año de curso básico.

Entró como voluntario en el servicio militar el 15 de agosto de 1939. Un año después, el 23 de noviembre, desembarcó con la 608ª Sección de Carabineros en Trípoli. Salvo se distingue pronto por la fidelidad al deber, el respeto a las personas y la necesidad innata -escribe el general Caruso, su primer biógrafo- de ayudar a los demás, integrando los primeros sentimientos de adoración a Dios y de afecto hacia el prójimo, con las cualidades tradicionales del soldado: el amor a la patria, la valentía, el espíritu de sacrificio, el sentimiento del deber.

En noviembre de 1940 parte como voluntario para la Cirenaica y queda allí hasta 1942 sintiendo, como anotaba su madre, brotar el grande sacrificio de inmolarse para la salvación de los demás. Es el ideal de su vida. Él mismo lo escribía a la madre: “Hay que resignarse a la voluntad de Dios al precio de cualquier dolor y de cualquier sacrificio”.
De regreso a Italia, se desempeñó como agregado en la Escuela Central de Carabineros civiles de Florencia para recibir un curso acelerado y poder ser promovido a vice-sargento. Una semana después de obtener dicho grado fue destinado a la estación de Torrimpietra.

Pocos días después del 8 de septiembre de 1943, una delegación alemana de la SS se instaló en un cuartel, en los alrededores. En dicho cuartel, la tarde del 22 de septiembre, algunos soldados alemanes, rebuscando en una caja, provocaron el estallido de una granada: uno de los militares resultó muerto y los otros dos quedaron gravemente heridos. Sin embargo, los alemanes atribuyeron el hecho, totalmente fortuito, a un atentado de los partisanos italianos. La mañana siguiente, el comandante de la delegación alemana se dirigió a la estación de Torrimpietra para buscar al comandante italiano. En ausencia del Mariscal titular de la estación, encontró al vice-sargento D'Acquisto a quien ordenó localizar a los responsables del atentado. El joven suboficial intentó en vano hacerlo razonar y de convencerlo de que sólo se trató de un trágico accidente.
El oficial alemán, inamovible en su punto, decidió llevar a cabo una represalia ejemplar. Poco después Torrimpietra fue cercada y fueron arrestados 22 ciudadanos, llevándolos en un camión a los pies de la Torre de Palidoro. El vice-sargento Salvo D'Acquisto, tomando conciencia del crimen irreparable que estaba por presenciar, se dirigió por segunda vez al comandante de la delegación de la SS para intentar hacerlo comprender cuál había sido la verdad de los hechos, sin obtener ningún resultado positivo. Ante las protestas del joven suboficial, el oficial nazi reaccionó con irrazonable crueldad, pues obligó a los rehenes a cavar un foso común, para lo cual algunos utilizaron sus manos desnudas. Al ser testigo de semejante crueldad, Salvo D'Acquisto se acusó como responsable del atentado y pidió que los rehenes fueran liberados. Inmediatamente después de la liberación de los rehenes, el vice-sargento cayó rostro en tierra en el foso por los golpes del pelotón de ejecución. Tenía sólo veintitrés años.

En memoria del vice-sargento Salvo D'Acquisto, el lugarteniente General del Reino, con Decreto de Motu Proprio del 25 de febrero de 1945, le otorgó la medalla de oro al valor militar. Como ciudadano ha honrado al Estado, sirviéndolo escrupulosamente y con dedicación en el Arma de los Carabineros. Como cristiano llegó al acto heroico de ofrecer su vida para salvar muchas otras vidas.

Fuente: cf. boletinsalesiano.info

La Batalla de Tucumán y la Virgen de la Merced (II)

Virgen de la Merced 01 02

Consígnase aquí un hecho sobrenatural a manera de ilustración de lo que entonces anduvo en lenguas.

Doña Felipa Zavaleta de Corvalán, contemporánea de la batalla, trae en su Recuerdos familiares esta curiosa referencia:
«Los mismos prisioneros enemigos decían que a la hora de la acción en la línea del ejército tucumano vieron una Señora vestida de blanco, y que les batía el manto sobre los militares, y que por eso las balas no les hacían nada, como fue que sólo dos faltaron, que fueron Miguel Rivadeneira y Tomás Balor. Por esto se cree que esta Señora fue Nuestra Madre de Mercedes».

Lo más curioso es que el tal dato, de oídas tan sólo y poco creíble en sí, viene corroborado por otro, ya de testigo de vista, en la Memoria del general don Juan Pardo de Zela, hecha de público dominio en 1964 por el Boletín de la Academia Nacional de la Historia.
Pardo de Zela, oficial entonces y guerrero en las acciones así de Huaqui como de Tucumán y Salta, expuso con llaneza lo que vio personalmente, cuando se disponía al ataque de las tropas de Tristán:
«Formó el ejército en línea de batalla con un horizonte despejado y limpio de nubes... En esto una pequeña nube se descubre en el cielo en figura piramidal, sostenida por una base que parecía sostener una efigie de la imagen de Nuestra Señora.
«Era día en que se celebraba la fiesta de Nuestra Señora de la Merced; y cada soldado creyó ver en la indicada nube la redentora de sus fatigas y privaciones; cuya ilusión, aumentándose progresivamente, daba más fortaleza a nuestra pequeña línea, que ya enfrentada con la del enemigo, que no había podido aún organizar la suya, empezó a sentir por el fuego de nuestras piezas de artillería el estrago que ellas causan».

(...)

Sucedió entonces un hecho llamativo, calificado de «sobrenatural» por el historiador tucumano Manuel Lizondo Borda; «que nunca habían visto los soldados enemigos del Alto Perú, y que, por lo mismo, contribuyó a desbandarlos y a llevarles el pánico». Y fue un ciclón, que llegó desatado por el sur, trayendo en su seno una tupida manga de langostas. Lo describe don Marcelino de la Rosa en sus Tradiciones históricas:
«En momentos tan azarosos para los españoles, vino a empeorar su angustiosa situación un terrible huracán. El ruido horrísono que hacía el viento en los bosques de la sierra y en los montes y árboles que arrastraba, cubriendo el cielo y oscureciendo el día, daba a la escena un aspecto terrífico».
Esto de las langostas parecería tema baladí y que debiera con preferencia soslayarse. No lo fue en la batalla de Tucumán. El doctor Lizondo Borda le dedica su párrafo justiciero:
«Las mismas langostas parece que ayudaron su poquito ese día. Porque millares de ellas, escapando del viento, al largarse en picada hacia tierra, hacían fuertes impactos en pechos y caras de los combatientes. Y si los mismos criollos, que las conocían, al sentir esos golpes, según Paz, se creyeron heridos de bala, es de imaginar el espanto de los altoperuanos o cuicos, al sentir en sus cuerpos tal granizada de balazos, que no eran sino langostazos».

Este conjunto de circunstancias desfavorables a las columnas españolas de la derecha, que aún se mantenían en el campo, determinaron su retirada. La que debió verificarse con precipitación, hasta una legua de distancia, donde logró Tristán constituir nuevo frente.

Fuente: Cayetano Bruno, SDB, Nuestra Señora de las Mercedes en la vida del General Belgrano - merced.org.ar

La Batalla de Tucumán y la Virgen de la Merced (I)

Belgrano 01 01 Belgrano y la Virgen de la Merced de Tucumán

La afirmación de haberse puesto Belgrano antes de la batalla bajo la protección de nuestra Señora de las Mercedes, tiene buen lastre de documentos.


Según el parte remitido por el mismo Belgrano al gobierno el 26 de setiembre -dos días después de la batalla-, se había conseguido la victoria el «día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección nos pusimos». Lo propio registra la proclama del 28 siguiente, dirigida por Belgrano a los pueblos del Interior: El ejército realista «ha sido completamente batido el 24 del corriente, día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección se puso el de mi mando».

A este acto de angustiosa demanda, se unió la plegaria de la feligresía, que recuerda el combatiente Lorenzo Lugones, testigo presencial: En el fragor del combate las mujeres «del patriota pueblo dirigían sus plegarias al cielo y [a] la Virgen Santísima de Mercedes».
Con las mujeres, el resto de la población, según refirió un mes después el doctor don José Agustín Molina, en el discurso conmemorativo de «la gloria de la patria triunfante por la protección de María». Aludió el doctor Molina en presencia de Belgrano y de los oficiales del ejército, a «las fervorosas e incesantes plegarias», dirigidas a la Virgen «dentro y fuera de la ciudad por religiosos, sacerdotes, niños, mujeres y una infinidad de almas justas..., como otros tantos Moisés en el monte».

Apunta Belgrano en su Fragmento de memoria sobre la batalla de Tucumán:

«El campo de batalla no había sido reconocido por mí, porque no me había pasado por la imaginación que el enemigo intentase venir por aquel camino, a tomar la retaguardia del pueblo con el designio de cortarme toda retirada; por consiguiente, me hallé en posición desventajosa con parte del ejército en un bajío».

Ya se verá después cómo el elemento humano contó para muy poco en la batalla de Tucumán.
(...)
Y henos aquí ante lo extraño de este hecho histórico. La batalla de Tucumán no pertenece al orden común de los acontecimientos similares, desde que resultaron fallidas todas las disposiciones tomadas para asegurar sus resultas.
«Los movimientos de ambas fuerzas -puso de manifiesto Paz en sus Memorias póstumas- fueron tan variados, tan fuera de todo cálculo, imprevistos y tan desligados entre sí, que resultó una complicación como nunca he visto en otras acciones en que me he encontrado».

Su remate no pudo ser tampoco fruto de humana previsión. Parecería como si nuestra Señora de las Mercedes hubiese tomado el mando de las bisoñas huestes patriotas para conducirlas a la victoria.

Fuente: Cayetano Bruno, SDB, Nuestra Señora de las Mercedes en la vida del General Belgrano - merced.org.ar

En torno a Sarmiento

Sarmiento 01 01b

“Si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran; porque el Estado no tiene caridad, no tiene alma. El mendigo es un insecto, como la hormiga. Recoge los desperdicios. De manera que es útil sin necesidad de que se le dé dinero. ¿Qué importa que el Estado deje morir al que no puede vivir por sus defectos? Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad, hijos de padres viciosos, no se les debe más que de comer.”

Estas espantosas frases fueron pronunciadas por Domingo Faustino Sarmiento el 13 de septiembre de 1859, en un discurso en el Senado de Buenos Aires (cualquier similitud con la realidad actual no es pura coincidencia). Hoy, como ocurre cada 11 de septiembre, aniversario de su muerte, se lo propone como modelo de patriota argentino, «Padre del aula», el «gran maestro». Otro caso entre tantos de falseamiento de la historia por parte de los enemigos de Dios y de la Patria. Los verdaderos próceres son olvidados, opacados o desfigurados en la enseñanza impartida desde la niñez, mientras se ensalza a quienes han trabajado positivamente en la descristianización de la Nación.

Y no se piense que las frases anteriormente citadas sean una excepción entre las expresiones del «gran sanjuanino». Así de cínico era su pensamiento, y así lo expresó en numerosas ocasiones. Decía el ilustre prócer en 1840: “Es preciso emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos. Todos los medios de obrar son buenos y deben emplearse sin vacilación alguna imitando a los jacobinos de la época de Robespierre.” Y, en carta a Mitre, se expresaba así: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla, incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos.” “En las provincias viven animales bípedos de tan perversa condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor.”
En los periódicos “El Progreso” y “El Nacional” vertía los siguientes conceptos: “¿Lograremos exterminar los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se les debe exterminar, sin siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado.”
¡Qué diferencia con el espíritu de los monarcas, conquistadores y evangelizadores españoles, hoy anatemizados por la leyenda negra que la masonería labrara en torno a ellos! Y el mismo Sarmiento compartía ese odio visceral a la España católica: su anticlericalismo era una forma de este odio.

Cuando en el año 1884 la Congregación del Santo Oficio advirtió a los católicos acerca de los peligros de la masonería, Sarmiento reaccionó expresándose en los siguientes términos: “Todos se estrellan contra la ceguedad vetusta de la cancillería romana; contra aquella roca endurecida por los siglos; contra ese obscurantismo clerical italiano que se llama Curia Romana...”
¿Acaso pertenecía Sarmiento a la “secta maldita”, como llamara León XIII a la masonería? No sólo perteneció, sino que fue uno de sus máximos exponentes en nuestro país. En el año 1860 él y Bartolomé Mitre son elevados a Soberanos Grandes Inspectores Generales, Grado 33. Y en 1882 Sarmiento es nombrado Gran Maestre de la Masonería Argentina.
Sabiendo esto no habrán de extrañarnos las siguientes frases del “ilustre sanjuanino”:
“Córdoba, en tres siglos de monjas, frailes y clérigos con colegios, universidades y seminarios, fundados por obispos, curas y jesuitas, sólo enseñó a ser, con orgullo, ignorantes por principio...”
“La educación monacal, clerical, de monjas y frailes mata la inteligencia y la estorba desenvolver su capacidad...”
El paroxismo del odio religioso eclosiona en Sarmiento cuando, en 1883, exclama: “Las congregaciones de hermanas docentes son bandas de mujeres emigrantes confabuladas que se apoderan de todas las escuelas públicas para embrutecer a las chicuelas del país... Son fanáticas e ignorantes... Tal hierba maligna es preciso extirpar.”
Otros insultos y blasfemias contra la fe católica y quienes la viven repugna reproducirlas aquí.
Terminemos este somero análisis del «Padre del aula» diciendo con Alberto Ezcurra Medrano: todo lo que podemos hacer por Sarmiento es rogar a Dios por su alma y esperar que le haya perdonado sus errores.

Fuente: cf. Blas Barisani, En torno a Sarmiento

Una rosa del cielo

Santa Rosa de Lima 01 12

En la fiesta de Santa Rosa de Lima, Patrona de América, ofrecemos algunos pincelazos de su angelical vida, relacionados con su continua oración y sus ansias de evangelización.

Siendo Rosa de unos cinco años, empezó a tener oración vocal, repitiendo constantemente: Jesús sea bendito y sea con mi alma. Amén. Esta oración, repetida noche y día, la hacía vida de su vida.
El padre Diego Martínez, jesuita y uno de sus confesores, declara que entre otros ejercicios que tenía era el de agradecimiento y reconocimiento a Dios Nuestro Señor y cada día decía tres mil veces estas palabras: “Gracias a Dios”. Mil a la madrugada, mil a mediodía y mil por la noche. Y cada diez veces decía un “Gloria al Padre”, que eran 300 “Gloria al Padre” y esto acordándose del ser infinito de Dios y de sus infinitas perfecciones y de los infinitos beneficios que de su mano había recibido…Y (también) usaba de estas palabras: “Glorificado sea Jesucristo y Él sea con mi alma”. Y otras veces decía: “Glorificado sea Dios y Él sea con mi alma”. Y esto con tanta continuación interior que obra ninguna exterior ni hablar le impedía que dejase de repetir las dichas palabras. Y, por este medio, alcanzó grande perfección y singulares favores de Dios Nuestro Señor.
A su confesor Juan de Lorenzana le dijo: a cada puntada que doy con la aguja, hago alguna especial alabanza a Nuestro Señor.

El padre Luis de Bilbao declara que tenía grandísima caridad para con los prójimos, compadecíase mucho de sus necesidades corporales y espirituales y, muchas veces, este testigo le pidió encomendase a Dios algunas necesidades y con tanta liberalidad repartía de sus buenas obras, ayunos, disciplinas, oración y otras obras, como si en esto no diese nada; de manera que siempre ofrecía más de lo que se le pedía. Hacía oración especial por el estado de la Iglesia católica, por las almas del purgatorio, por la conversión de los infieles y pecadores y, muy en especial, por esta ciudad de Lima, a quien tenía grande amor por ser su patria. Tenía tan grande deseo de la conversión de las almas que muchas veces le decía a este testigo: Procure convertir almas y ganarlas para Dios, no predique curiosidades.
A fray Antonio Rodríguez, le decía: Padre, pues le ha hecho Dios predicador, no gaste el tiempo en conceptos y flores, sino en persuadir virtudes y disuadir vicios, porque por estos caminos se ganan muchas almas para Dios... Si yo fuera predicador, iría descalza con un cilicio y un Cristo de noche y de día, dando voces por las calles para que mi Dios no fuese ofendido.
Les decía a sus confesores: ¡Oh, quién fuese hombre sólo para ocuparme en la conversión de las almas! Y así exhortaba a todos los predicadores para que convirtiesen muchas almas y que fuesen a reducir a Dios a los indios idólatras de esta tierra y que pusiesen en esto el blanco de sus estudios. Y concertó con uno de sus confesores que le diese él la mitad de las almas que por sus sermones convirtiese y que ella le ofrecía la mitad de todas las obras buenas que hiciese. Y esto lo hizo la santa para aficionarle a que sólo se ocupase en este ejercicio.

Fuente: P. Ángel Peña O.A.R., Santa Rosa de Lima, la alegría de Dios

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