El Corazón de Jesús en el Sagrario

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He aquí una pregunta que a no pocos cristianos y, diré más, piadosos, dejará perplejos: ¿Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús? ¡No habían parado mientes en que en el Sagrario hay quien pueda hablar y hable!, ¡quien pueda obrar en el Sagrario virtud! ¿Verdad que para muchos cristianos la idea del Sagrario es esto: Un lugar de mucho respeto, porque en él habita un Señor muy alto, muy grande, muy poderoso, todo majestad, pero muy callado y muy quieto?

Y no es que no crean que Jesucristo en el Sagrario esté todo entero como en el Cielo. Creen ciertamente que está allí con divinidad y alma y cuerpo y por consiguiente con ojos que ven, con oídos que oyen, con manos que se pueden mover, con boca que puede hablar... Sí, la fe de todo esto la tienen, pero es una fe que se quedó sólo en la cabeza y no bajó al corazón y mucho menos a la sensibilidad. Es una fe que, por quedarse allí estancada, apenas se ha convertido en luz de aquella vida, en criterio, en calor, en amor, en persuasión íntima, en entusiasmo, en impulsor de acción y de acción decidida.

Le pasa a esa fe lo que a las semillas de plantas grandes sembradas en macetas pequeñas. Por muy fecunda que sea la semilla, por mucha agua y luz con que la regaléis, si no dais a sus raíces tierra y lugar para su expansión, no conseguiréis sino una planta raquítica y encogida. Y hay cristianos que hacen eso mismo con su fe, de tal modo la ahogan en su rutinario modo de ver y entender que, sin que se pueda negar que tienen fe, ésta apenas si da señales de vida y de influencia.
Me he convencido hace tiempo de que el mal de muchísima gente no es no saber cosas buenas, sino no darse cuenta de las cosas buenas que saben. Mucha ignorancia hay, y de cosas religiosas es una ignorancia que espanta; pero con ser tan grande, es mucho más la que yo llamaría falta de darse cuenta. Y prácticamente, creo, que es causa más frecuente de la indiferencia religiosa y de tanta clase de pecados públicos y privados, como hoy lamentamos, la falta de darse cuenta, que la falta de saber.
La mayor parte de los cristianos que viven sin cumplir con ninguno de los preceptos que su religión les impone, saben que tienen obligación de oír Misa los domingos y fiestas, de confesar y comulgar una vez al año, etcétera; todos esos tienen fe en la Misa, en la Confesión, en la Comunión, en la autoridad docente de la Iglesia, y, sin embargo, no practican, ni se inquietan por no practicar. Yo creo que su mal está en que han metido su fe en la maceta de sus rutinas, de sus comodismos, de sus idiosincrasias, de su egoísmo, ya dije la palabra, de su egoísmo, porque éste es el único interesado en tener encerrada y ahogada la fe en el alma.
Así como la humildad y la caridad, si no son la sabiduría, son los elementos que mejor preparan para recibirla y fomentarla, la soberbia y el amor propio, que son los componentes del egoísmo, entorpecen, inutilizan y paralizan la ciencia adquirida.
El remedio, por consiguiente, estará en tratar de hacer añicos esa maceta para que la fe, como las raíces de la planta cautiva, se extienda libre por toda su alma, y se convierta en amor, y en obras y en hábitos de vida recta cristiana.

Y en nada se echa de ver tanto esa falta de darse cuenta, como en la conducta de los cristianos con respecto a la santa Eucaristía. Todos saben lo que allí hay, pero ¡qué pocos se dan por enterados! ¡Qué feliz sería yo si consiguiera con mis escritos despertar en algunos cristianos el sentido de darse cuenta de la Eucaristía! ¡Qué feliz si por resultado de estas lecturas algunos cristianos se levantaran decididos a ir al Sagrario para ver lo que allí se HACE y para oír lo que allí se DICE por el más bueno y más constante de nuestros amadores! Porque sabedlo, cristianos, el Corazón de Jesús no está en el Sagrario ni callado ni ocioso.

Fuente: San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario

El Dogma de la Asunción de la Virgen al Cielo

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Nos, que hemos puesto nuestro pontificado bajo el especial patrocinio de la Santísima Virgen, a la que nos hemos dirigido en tantas tristísimas contingencias; Nos, que con rito público hemos consagrado a todo el género humano a su Inmaculado Corazón y hemos experimentado repetidamente su validísima protección, tenemos firme confianza de que esta proclamación y definición solemne de la Asunción será de gran provecho para la Humanidad entera, porque dará gloria a la Santísima Trinidad, a la que la Virgen Madre de Dios está ligada por vínculos singulares.

Es de esperar, en efecto, que todos los cristianos sean estimulados a una mayor devoción hacia la Madre celestial y que el corazón de todos aquellos que se glorían del nombre cristiano se mueva a desear la unión con el Cuerpo Místico de Jesucristo y el aumento del propio amor hacia Aquella que tiene entrañas maternales para todos los miembros de aquel Cuerpo augusto.
Es de esperar, además, que todos aquellos que mediten los gloriosos ejemplos de María se persuadan cada vez más del valor de la vida humana, si está entregada totalmente a la ejecución de la voluntad del Padre Celeste y al bien de los prójimos; que, mientras el materialismo y la corrupción de las costumbres derivadas de él amenazan sumergir toda virtud y hacer estragos de vidas humanas, suscitando guerras, se ponga ante los ojos de todos de modo luminosísimo a qué excelso fin están destinados los cuerpos y las almas; que, en fin, la fe en la Asunción corporal de María al cielo haga más firme y más activa la fe en nuestra resurrección.

Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste.
Por eso, si alguno, lo que Dios no quiera, osase negar o poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha caído de la fe divina y católica.

Fuente: Pío XII, Constitución Apostólica “Munificentissimus Deus”

Un amor para la eternidad

Eduardo y Laura Ortiz de Landazuri 01 01 Siervos de Dios Eduardo y Laura Ortiz de Landázuri junto a sus hijos

Eduardo Ortiz de Landázuri nació en Segovia el 31 de octubre de 1910. Estudió la carrera de medicina en Madrid. El 17 de junio de 1941 contrajo matrimonio con Laura Busca Otaegui en el Santuario viejo de la Virgen de Arantzazu (Oñate). Tuvieron siete hijos. En 1946 obtuvo la Cátedra de Patología General. En septiembre de 1958 se incorporó a la naciente Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, en cuya Facultad y Clínica Universitaria gastó sus años de trabajo hasta el día de su jubilación. En 1952 pidió la admisión en el Opus Dei.

Se esforzó por cuidar sus deberes familiares y buscar también a Dios a través de su trabajo como médico y profesor universitario. Especialmente destacó en su amor por los enfermos, en quienes veía a Jesucristo. Irradiaba paz y alegría a su alrededor. Falleció con fama de santidad en 1985.

Laura nació el 3 de noviembre de 1912 en Zumárraga (Guipúzcoa). Se licenció en Farmacia en la Universidad Central de Madrid en 1935. También fue miembro del Opus Dei. Junto con su marido, construyó una familia cristiana alegre y numerosa. Su vida estuvo marcada por una extraordinaria generosidad en la entrega a su marido y a sus hijos, así como a otras muchas personas. Sustentó sus acciones en el amor a Dios y a los demás, que brotaba de una recia y honda piedad. Falleció en Pamplona, con fama de santidad, el 11 de octubre de 2000.

Oración
Dios Padre misericordioso que concediste a tus siervos Laura y Eduardo la abundancia de tu gracia para que vivieran las virtudes cristianas en el cumplimiento de sus deberes familiares y profesionales, haz que yo sepa también como ellos ser un instrumento de paz y alegría en el mundo. Dígnate glorificar a tus siervos y concédeme por su intercesión el favor que te pido... Amén.

Fuente: opusdei.org

«¡Gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible!»

Santa Gianna y las Siervas de Dios Cecilia Perrin Maria Cristina Mocellin y Chiara Corbella 01 01

Foto: Santa Gianna y las Siervas de Dios Cecilia Perrín, María Cristina Mocellin y Chiara Corbella que dieron la vida por su hijo. Haga clic en el siguiente enlace para ver un videoque reseña brevemente sus heroicas vidas: Madres heroicas

El domingo 24 de abril de 1994 en el Año de la Familia, S.S. Juan Pablo II beatificó a Gianna Beretta Molla, hoy Santa.
En la Homilía el Pontífice rindió homenaje a todas las madres valerosas, “que se dedican sin reservas a sus familias, que sufren al dar a luz a los hijos, y que después están dispuestas a afrontar cualquier sacrificio para transmitirles lo mejor que tienen”.

Juan Pablo II señaló que hoy el ambiente es hostil a la maternidad: “los modelos de civilización, promovidos por los medios de comunicación, no favorecen la maternidad, en nombre del progreso y de la modernidad se presentan como superados los valores de la fidelidad, la castidad y el sacrificio, en los que se distinguen gran número de esposas y madres cristianas. A menudo, una mujer decidida a ser coherente con sus principios se siente profundamente sola, sola con su amor, que no puede traicionar y al que debe permanecer fiel. Su principio guía es Cristo. Una mujer que cree en Cristo encuentra un poderoso apoyo precisamente en este amor que soporta todo. Es un amor que le permite pensar que todo lo que hace por un hijo concebido, nacido, adolescente o adulto, lo hace al mismo tiempo por un hijo de Dios ¡Gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible!”.

Luego del rezo del Regina Caeli, en la Plaza de San Pero, el Santo Padre volvió a hablar de la defensa de la vida no nacida, que encomendó a la Virgen, “para que rodee con su cuidado maternal a todo ser humano amenazado en el seno materno. Es especialmente importante en estos tiempos, cuando ante la mujer se acumulan todas las amenazas contra la vida que ella está para traer al mundo”.

Mi Corazón se conmueve dentro de mí

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El sacerdote tiene debilidades, es hombre. Arrojemos un velo sobre las humanas miserias, elevémonos más. Veamos las grandezas divinas ocultas en la bajeza y la nada, veamos la acción de Jesús oculta entre las sombras humanas. Y aunque la decadencia sea total, respetemos todavía al sacerdote. ¿Es una ruina? Lloremos sobre esos restos dispersos, lloremos sobre ese templo que Dios se había reservado para morada, sobre ese templo consagrado por una unción sagrada y que ahora, profanado y abatido, sirve de refugio a las fieras. Lloremos y recemos...

“Oh, Jesús, Pontífice Eterno, Divino Sacrificador, Tú que en un arranque incomparable de amor por los hombres, tus hermanos, has hecho brotar de tu Sagrado Corazón el Sacerdocio cristiano, dígnate continuar derramando en tus Sacerdotes las ondas vivificantes de tu Amor Infinito. Vive en ellos, transfórmales en Ti, hazlos por medio de tu Gracia instrumentos de tu Misericordia; obra en ellos y por ellos haz que después de ser revestidos de Ti, por medio de la fiel imitación de tus adorables virtudes, hagan en tu nombre y por la fuerza de tu Espíritu, las obras que has realizado Tú mismo por la salvación del mundo.
Oh, Divino Redentor de las almas, mira cuán grande es la multitud de los que duermen todavía en las tinieblas del error; cuenta el número de aquellas ovejas infieles que caminan por el borde del precipicio; considera la multitud de pobres, de hambrientos, de ignorantes y de débiles que gimen en el abandono. Vuelve a nosotros por medio de tus Sacerdotes; vive, oh buen Jesús, en ellos, obra por ellos y pasa de nuevo por el mundo enseñando, perdonando, consolando, sacrificando, reanudando los sagrados vínculos de amor entre el Corazón de Dios y el corazón del hombre. Amén.”

Fuente: Venerable Luisa Margarita Claret de la Touche, El Sagrado Corazón y el Sacerdocio

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