La Natividad de la Santísima Virgen

Natividad de Maria 01 02

Después del nacimiento de Jesús, ningún nacimiento ha sido tan importante a los ojos de Dios, ni tan importante para el bien de la humanidad, como el de María. Y sin embargo, ese nacimiento permanece en completa oscuridad. En el Evangelio la figura de María está casi completamente oscurecida por la de su divino Hijo. Los evangelistas nos dicen de Ella lo imprescindible para presentar a la Madre del Redentor; y, en efecto, entra en escena sólo cuando se inicia la narración de la encarnación del Verbo.

La vida de María se confunde, se pierde en la de Jesús; María vivió verdaderamente escondida con Cristo en Dios. Y notemos que vivió en la oscuridad no sólo durante los años de su infancia, sino también en los días de su maternidad divina, hasta en los momentos de triunfo de su Hijo, hasta cuando una mujer entusiasmada por las maravillas que Jesús realizaba, alzó su voz en medio de la turba, gritando: «¡Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que mamaste!» (Lc 11, 27).

Sea, pues, para nosotros la solemnidad mariana que hoy celebramos una invitación a la vida escondida, a escondernos con María en Cristo y con Cristo en Dios. Muchas veces es Dios mismo el que, a través de las circunstancias, se encarga de hacernos vivir en la oscuridad; debemos entonces estarle muy agradecidos y valernos de estas ocasiones para progresar cada vez más en la práctica de la humildad y de la vida oculta. Otras veces, por el contrario, el Señor nos puede confiar misiones, oficios, obras de apostolado que nos pongan en el candelero; pues bien, en tales circunstancias, igualmente debemos procurar desaparecer lo más posible. No debemos negarnos a obrar pero tenemos que obrar de forma que sepamos eclipsarnos apenas nuestra palabra deje de ser estrictamente necesaria para el feliz éxito de las obras a nosotros encomendadas.
Todo lo demás: las alabanzas, los aplausos, la relación de los triunfos o la apología de los fracasos, no nos debe interesar; frente a todo esto nuestra táctica debe ser la de retirarnos con santa naturalidad.
Un alma de vida interior debe abrigar el ansia de esconderse lo más que pueda bajo la sombra de Dios, porque, si algo bueno ha podido hacer, está convencida de que todo ha sido obra de Dios y por eso procura con premurosa delicadeza que todo redunde únicamente en gloria suya.
Que la vida humilde y escondida de María sea el modelo de la nuestra, y, si para emularla tenemos que luchar contra las tendencias siempre renacientes del orgullo, recurramos confiados a su ayuda materna y María nos hará triunfar de toda suerte de vanagloria.

“Cuando en el mar de este mundo me siento juguete de las borrascas y tempestades, tengo los ojos fijos en ti, oh María, fúlgida estrella, para no ser sumergido por las olas.
Cuando se levantan los vientos de las tentaciones, cuando encallo en la escollera de las tribulaciones, pongo en ti mis ojos y te invoco, oh María.
Cuando me agitan las olas de la soberbia, de la ambición, de la maledicencia y de la envidia, pongo en ti mis ojos y te invoco, oh María.
Cuando la cólera o la avaricia o las seducciones de la carne azotan la frágil barquilla de mi alma, siempre miro a ti, oh María.
Y si, turbado por la enormidad de las culpas, confundido por la fealdad de mi conciencia, aterrado por la severidad del juicio, me sintiese arrastrado al vórtice de la tristeza, al abismo de la desesperación, elevaría aún a ti los ojos, invocándote siempre, oh María” (San Bernardo).

Fuente: cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Sequedad en la oración (II)

Meditar 10 10

Por medio de la sequedad el alma adelanta también en la humildad. En efecto, la incapacidad de meditar, de fijar su atención, de excitar buenos sentimientos en su corazón, la convence todavía más de su nada, se la hace tocar con la mano, de modo que no necesita esfuerzo ni razonamiento para ver que sin la ayuda de Dios no puede en verdad hacer nada. Y así, poco a poco, se va despojando de aquella estima de sí, de aquel sentimiento de confianza en las propias fuerzas que más o menos en secreto se habían adentrado en ella cuando todo le resultaba fácil y gustoso en su vida de oración.

Al mismo tiempo, viéndose tan pobre y necesitada delante del Señor, nace en ella un sentimiento de mayor respeto, de mayor reverencia a la Majestad infinita de Dios. Cuando lograba en la oración tratar con Él de corazón a corazón, quizás olvidaba un poco la infinita distancia que siempre media entre Dios y la criatura.

Sí, Dios quiere que tratemos con Él con gran confianza y nos invita de mil modos a su intimidad; con todo, Él permanece siempre el Inaccesible y nosotros la nada, la miseria. Por eso, es muy apreciable ese sentimiento de mayor reverencia que madura en el alma a través de la experiencia de su nada, y que le permitirá acercarse a Dios con verdadera humildad de corazón, aun en los momentos de intimidad más estrecha.
Por eso, si el alma no puede hacer en la oración otra cosa que humillarse delante del Señor, reconocer su propia nada, mostrarle las debilidades e incapacidades propias, y adorar su grandeza infinita, habrá empleado muy bien el tiempo.
En este estado de sequedad, sobre todo cuando el alma es atormentad por las distracciones, se tiene la impresión de que es poco el fruto de la oración; pero no se desanime, porque, como dice San Pedro de Alcántara, delante de Dios mucho hace quien hace todo lo poco que puede.
No es gran cosa perseverar en la oración cuando se halla consuelo, pero lo es cuando la devoción sensible es poca. Antes bien, acaece que la oración entonces es mucha y mucha la humildad, la paciencia, la perseverancia.

“¡Oh Jesús! A vuestro lado, nada. ¡Sequedad!... ¡Sueño!... Con todo soy demasiado dichosa de que no os toméis molestia por mí; tratándome así demostráis que no soy para Vos una extraña.
Que mis tinieblas sirvan, Señor, para esclarecer a las almas. Yo estaré contenta y consentiré, si es vuestra voluntad, en caminar toda mi vida por la ruta oscura que sigo con tal que un día llegue al término de la montaña del amor.
Sí, soy muy dichosa de no tener consuelo alguno, pues veo que así mi amor no es como el de las prometidas de la tierra, que miran siempre las manos de sus prometidos para ver si les llevan algún regalo, o bien su rostro, para sorprender en él una sonrisa de amor que las cautive... No deseo el amor sensible, sino sólo el conocido por Vos” (S. Teresa del Niño Jesús)

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Reina del Cielo bendita

Maria Reina 03 12

Considera cómo fue coronada esta Señora con la corona de doce estrellas, de que se hace mención en el Apocalipsis (Ap 12,1); porque como concurrieron en Ella las grandezas y virtudes de todos los órdenes de santos que hay en el cielo así fue coronada con los premios de todos ellos, figurados por las doce estrellas.

Resplandeció en Ella con grandes ventajas la fe y esperanza de los patriarcas, la luz y contemplación de los Profetas, la caridad y celo de los Apóstoles, la fortaleza y magnanimidad de los mártires, la paciencia y penitencia de los confesores, la sabiduría y discreción de los doctores, la santidad y pureza de los sacerdotes, la soledad y oración de los ermitaños, la pobreza y obediencia de los monjes, la caridad y limpieza de las vírgenes, la humildad y sufrimiento de las viudas, con la fidelidad y concordia de los santos casados; y, por consiguiente, recibió los premios y coronas de todos ellos con exceso incomparable; porque a ella cuadra con gran propiedad lo que dice el Sabio: Muchas hijas allegaron para sí riquezas, pero Tú has excedido a todas (Prov 31, 21); que es decir: muchas almas allegaron grandes tesoros de merecimientos y virtudes, pero Tú allegaste mucho más que todas ellas.

Levántate, pues, alma mía, en el espíritu, y mira con los ojos de la fe a esta Madre del verdadero rey Salomón, con la corona de gloria con que la coronó su Hijo en el día de su entrada en el cielo y en el día de la alegría de su corazón. Contempla el inefable gozo de esta Reina soberana, y el afecto con que renovaría su antiguo cántico, diciendo: Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se alegró en Dios mi salvador; porque miró la pequeñez de su sierva; de hoy más me llamarán bienaventurada todas las generaciones; porque ha obrado en mí grandes cosas el que es Todopoderoso, y santo su nombre.

Coloquio.- ¡Virgen gloriosísima! Grandes cosas obró siempre en Vos el que es Todopoderoso; pero el día de hoy echó el sello a todas las coronas de gloria que os ha dado en premio a vuestra humilde pequeñez. Coronada estáis de estrellas, porque los santos que os siguieron son gloria y corona vuestra, y por vuestra intercesión y ayuda alcanzaron sus victorias. Y así, con mucha humildad arrojan sus coronas a vuestros pies, reconociendo que por vuestro medio las ganaron.
¡Oh medianera poderosísima! Socorredme con vuestra intercesión para que yo también sea gozo y corona vuestra, peleando con tanto valor en esta vida, que por vuestro medio gane la victoria y alcance la corona eterna de la gloria.

Fuente: P. Francisco de Paula Garzón, Meditaciones espirituales

El Corazón de Jesús en el Sagrario

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He aquí una pregunta que a no pocos cristianos y, diré más, piadosos, dejará perplejos: ¿Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús? ¡No habían parado mientes en que en el Sagrario hay quien pueda hablar y hable!, ¡quien pueda obrar en el Sagrario virtud! ¿Verdad que para muchos cristianos la idea del Sagrario es esto: Un lugar de mucho respeto, porque en él habita un Señor muy alto, muy grande, muy poderoso, todo majestad, pero muy callado y muy quieto?

Y no es que no crean que Jesucristo en el Sagrario esté todo entero como en el Cielo. Creen ciertamente que está allí con divinidad y alma y cuerpo y por consiguiente con ojos que ven, con oídos que oyen, con manos que se pueden mover, con boca que puede hablar... Sí, la fe de todo esto la tienen, pero es una fe que se quedó sólo en la cabeza y no bajó al corazón y mucho menos a la sensibilidad. Es una fe que, por quedarse allí estancada, apenas se ha convertido en luz de aquella vida, en criterio, en calor, en amor, en persuasión íntima, en entusiasmo, en impulsor de acción y de acción decidida.

Le pasa a esa fe lo que a las semillas de plantas grandes sembradas en macetas pequeñas. Por muy fecunda que sea la semilla, por mucha agua y luz con que la regaléis, si no dais a sus raíces tierra y lugar para su expansión, no conseguiréis sino una planta raquítica y encogida. Y hay cristianos que hacen eso mismo con su fe, de tal modo la ahogan en su rutinario modo de ver y entender que, sin que se pueda negar que tienen fe, ésta apenas si da señales de vida y de influencia.
Me he convencido hace tiempo de que el mal de muchísima gente no es no saber cosas buenas, sino no darse cuenta de las cosas buenas que saben. Mucha ignorancia hay, y de cosas religiosas es una ignorancia que espanta; pero con ser tan grande, es mucho más la que yo llamaría falta de darse cuenta. Y prácticamente, creo, que es causa más frecuente de la indiferencia religiosa y de tanta clase de pecados públicos y privados, como hoy lamentamos, la falta de darse cuenta, que la falta de saber.
La mayor parte de los cristianos que viven sin cumplir con ninguno de los preceptos que su religión les impone, saben que tienen obligación de oír Misa los domingos y fiestas, de confesar y comulgar una vez al año, etcétera; todos esos tienen fe en la Misa, en la Confesión, en la Comunión, en la autoridad docente de la Iglesia, y, sin embargo, no practican, ni se inquietan por no practicar. Yo creo que su mal está en que han metido su fe en la maceta de sus rutinas, de sus comodismos, de sus idiosincrasias, de su egoísmo, ya dije la palabra, de su egoísmo, porque éste es el único interesado en tener encerrada y ahogada la fe en el alma.
Así como la humildad y la caridad, si no son la sabiduría, son los elementos que mejor preparan para recibirla y fomentarla, la soberbia y el amor propio, que son los componentes del egoísmo, entorpecen, inutilizan y paralizan la ciencia adquirida.
El remedio, por consiguiente, estará en tratar de hacer añicos esa maceta para que la fe, como las raíces de la planta cautiva, se extienda libre por toda su alma, y se convierta en amor, y en obras y en hábitos de vida recta cristiana.

Y en nada se echa de ver tanto esa falta de darse cuenta, como en la conducta de los cristianos con respecto a la santa Eucaristía. Todos saben lo que allí hay, pero ¡qué pocos se dan por enterados! ¡Qué feliz sería yo si consiguiera con mis escritos despertar en algunos cristianos el sentido de darse cuenta de la Eucaristía! ¡Qué feliz si por resultado de estas lecturas algunos cristianos se levantaran decididos a ir al Sagrario para ver lo que allí se HACE y para oír lo que allí se DICE por el más bueno y más constante de nuestros amadores! Porque sabedlo, cristianos, el Corazón de Jesús no está en el Sagrario ni callado ni ocioso.

Fuente: San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario

Fiesta del glorioso mártir San Lorenzo

San Lorenzo 01 01

La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de san Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica. Él, como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia. En ella administró la sangre sagrada de Cristo, en ella también derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. El apóstol san Juan expuso claramente el significado de la Cena del Señor, con aquellas palabras: Como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros, debemos dar nuestra vida por los hermanos. Así lo entendió san Lorenzo; así lo entendió y así lo practicó; lo mismo que había tomado de la mesa del Señor, eso mismo preparó. Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.

También nosotros, hermanos, si lo amamos de verdad, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Según estas palabras de san Pedro, parece como si Cristo sólo hubiera padecido por los que siguen sus huellas, y que la pasión de Cristo sólo aprovechara a los que siguen sus huellas. Lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos.
Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito de él: Nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad.

Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. El Apóstol, refiriéndose a Cristo, dice: A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. ¡Qué gran majestad! Al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. ¡Qué gran humildad!
Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar. Cristo se sometió: ¿cómo vas tú a enorgullecerte? Finalmente, después de haber pasado por semejante humillación y haber vencido la muerte, Cristo subió al cielo: sigámoslo. Oigamos lo que dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios.

Fuente: San Agustín, Sermones, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

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